Lo contrario de la muerte: el amor como impulso inevitable

Lo contrario de la muerte: el amor como impulso inevitable

El pasado sábado 4 de abril, la Cinemateca Luis Buñuel se convirtió en punto de encuentro para los amantes del cine en la capital poblana, quienes se dieron cita a las 17:00 horas para presenciar la presentación de Lo contrario de la muerte, dirigida por Carlo Corea y producida por Ana Paulina Mariscal. La función no solo convocó a un público diverso, sino que también abrió un espacio de reflexión colectiva en torno a uno de los temas más universales y complejos: el amor. Además, se anunció que la película permanecerá en cartelera durante todo el mes, brindando más oportunidades para que el público poblano se acerque a esta propuesta cinematográfica.

Desde sus primeros minutos, la película propone una narrativa fragmentada que entrelaza seis historias de pareja, cada una situada en momentos distintos de la vida y atravesada por emociones que oscilan entre la pasión, la duda, la rutina y la pérdida. Lejos de ofrecer una visión idealizada, el filme se adentra en las grietas de las relaciones humanas para mostrar su fragilidad, pero también su persistencia.

La primera escena introduce a Luisa y Marcos, un matrimonio que parece haber llegado al límite de su historia compartida. En un espacio cotidiano, cargado de silencios y gestos mínimos, ambos sostienen una conversación que funciona como despedida. Mientras Marcos instala una cortina, una tarea doméstica aparentemente trivial pero simbólicamente tardía, Luisa relata un sueño en el que revive la intensidad de su relación. Este relato onírico, cargado de deseo y memoria, no solo marca el tono emocional de la película, sino que actúa como una puerta de entrada hacia las demás historias, como si todas emergieran de ese mismo impulso afectivo.

A partir de ahí, el filme despliega una serie de relatos que dialogan entre sí. Como la de Mayra y Elías, dos músicos que han compartido años de complicidad profesional, encarnan el tránsito de la amistad al deseo. Su historia se construye a través de conversaciones que comienzan en la ligereza de la broma, pero que poco a poco revelan una tensión contenida. La pregunta de Elías abre una grieta que los obliga a confrontar aquello que durante años habían evitado nombrar. Lo que sigue es un proceso de reconocimiento mutuo que culmina en la decisión de entregarse a un sentimiento que ya existía, aunque permaneciera latente.

Magda y Germán representan un amor a largo plazo, con 18 años de matrimonio, su relación parece haber sido absorbida por la rutina. Sin embargo, durante unas vacaciones en la playa, ambos se enfrentan a la posibilidad de romper con lo establecido. En esta historia, el tono se inclina hacia lo cómico, pero sin perder profundidad: la tentación aparece no solo como una amenaza, sino como una oportunidad para redescubrirse. A través del humor, la película sugiere que incluso en las relaciones más estables habitan deseos que no desaparecen, sino que se revelan muchos de los silencios y los deseos que habían mantenido callados durante el tiempo flotan en el aire.

Por otro lado, Sandra y Hugo encarnan el territorio de lo prohibido. Su vínculo se construye a partir de encuentros fugaces, miradas sostenidas y silencios cargados de significado. La existencia de una familia en la vida de Hugo no impide que el deseo se imponga como una fuerza inevitable. En esta historia, la película aborda la tensión entre la responsabilidad y el impulso, mostrando cómo el amor, o aquello que se le parece, puede surgir en los lugares menos esperados.

La historia de Elena introduce una dimensión distinta: la del tiempo y las decisiones no tomadas. En camino a unas vacaciones con Héctor, quien representa estabilidad y futuro, Elena se reencuentra con Dante, un amor del pasado que quedó inconcluso. Este encuentro la enfrenta a una disyuntiva emocional: retomar una historia que nunca terminó o continuar con una relación que promete certezas. A través de este triángulo, el filme explora la nostalgia como una forma de amor que persiste más allá del tiempo, así como el peso de las elecciones en la construcción de la vida afectiva.

Finalmente, María y Matías representan la intensidad de la juventud. Su historia se desarrolla en un motel de paso, un espacio cerrado que funciona como cápsula temporal donde todo parece posible. En medio del deseo, ambos construyen promesas que adquieren un carácter absoluto dentro de ese instante. La película captura con precisión esa sensación de urgencia y totalidad que caracteriza a los amores jóvenes, donde el presente se vive como si fuera eterno.

Lo que distingue a Lo contrario de la muerte es su capacidad para articular estas historias sin jerarquizarlas, permitiendo que cada una dialogue con las demás y aporte una perspectiva distinta sobre el amor. El montaje alterna los relatos de manera fluida, generando resonancias emocionales que invitan al espectador a encontrar conexiones entre experiencias aparentemente disímiles.

Más allá de las tramas individuales, la película construye una reflexión más amplia: el amor no es una experiencia única ni uniforme, sino un conjunto de estados que pueden ser contradictorios entre sí. Puede ser impulso y duda, refugio y riesgo, permanencia y ruptura. En ese sentido, el filme se aleja de las narrativas convencionales para proponer una mirada más honesta, donde el amor no siempre salva, pero siempre transforma.

El mensaje final es “lo contrario de la muerte no es la vida, esa está a medio camino, lo contrario de la muerte es el amor” y sintetiza la apuesta del filme. No se trata de idealizar el amor, sino de reconocerlo como una fuerza que, incluso en su fragilidad, tiene la capacidad de dotar de sentido a la experiencia humana. Ya sea en su forma más pasional, dolorosa o ingenua, el amor aparece como aquello que nos confronta con nuestra propia vitalidad.

La proyección en la Cinemateca Luis Buñuel dejó entre el público una sensación compartida: la de haber sido testigo de historias que, aunque ajenas, resultan profundamente cercanas. Porque en cada una de ellas, de alguna forma, se refleja la complejidad de amar.

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