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Breve historia de mis uñas

Breve historia de mis uñas

Por: Mónica Rojas

Nací con las uñas blandas. Mi mamá no sabe cuántas fueron las veces que me las contó, una a una, para aplacar su miedo de que no hubiera nacido con con un dedo de más.

            Me confesó que la tarea de cortármelas para que no me rasguñara la cara mientras dormía era una de las que la ponían más nerviosa. No quería llegar al ras, a esa carnosidad delicada que, cuando se toca con brusquedad, duele como picadura de insecto.

            La facilidad con la que se pueden escudriñar sirve para que en el preescolar se nos enseñe de higiene y prohibiciones. La maestra nos ponía en fila y una a una, iba tomando nuestras manitas para acercárselas a los ojos. Prohibido traerlas negras, mugrosas. Prohibido no lavar hasta su última comisura antes de agarrar la manzana o el sándwich.

            En la primaria, traerlas bien cortitas era símbolo de la disciplina que había alcanzado, en la adolescencia de mis ganas de emanciparme. También de nerviosismo. Las uñas mordidas, los pellejos arrancados. Cuántas veces no me las comí antes de un examen.

            No te comas las uñas.

            No te comas…

            Cuando tuve la edad de usar esmalte, mamá me compró uno de ajo para endurecerlas, uno transparente para que se vieran sanas y uno amarillo para que me entretuviera pintando caritas felices en ellas. Así me fue adentrando al ritual en el que las mujeres extienden sus manos a otras y, mientras las colorean, van platicando de sus cosas. Cosas de mujeres.

            Lejos de aquella ceremonia introductoria, aprendí —casi a escondidas— que las uñas largas provocan escalofríos cuando atraviesan una espalda y que, para pintarlas de resistencia, el mejor color era el negro.

            En algún momento de mi vida, todo eso aunado a mi primer trabajo se convirtió en la necesidad de verme femenina, lo que sea que eso signifique. Se me metió en la cabeza que una mujer sin manicura se veía poco delicada, descuidada, pero cuidado, porque las uñas falsas podían parecer vulgares. Lo importante es que lo artificial se viera natural. De buen gusto, dirían mis tías las más expertas.

            Las uñas largas y plásticas me imposibilitaron su uso. En mala hora se me ocurrió ponérmelas. Ya no podía echar mano de ellas para sacar un objeto de una mínima comisura. Tampoco como herramienta improvisada para eliminar un pedazo de cilantro o de frijol incrustado entre mis dientes. Mis uñas concebidas para rasguñar, escarbar, rasgar, trozar, se redujeron a un objeto decorativo.

            Después de ese breve experimento que me pareció antinatural, me las arranqué sin hacer una cita con la manicurista cuando les creció la raíz. Estaban tan dañadas, peladas y débiles que se doblaban con todo. Parecían diminutos trozos de pan de hojaldre. No miento, juro que les pedí perdón. Las sanaría y no las volvería a lastimar, pero fallé. Un azotón de portezuela me puso el dedo índice negro y se me cayó la uña.

            Años más tarde me embaracé y me las volví a cortar al ras, igualito que en el preescolar. Lo que no pude evitar fue volver a morderlas con todo y pellejitos.

            Cuando nació mi hija, se las conté a ella innumerables veces por el miedo heredado de que hubiera nacido con un dedo de más. Y se las corté a ella, con mucho cuidado, para que no se rasguñara la cara.

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