La derrota sufrida por Donald Trump en las elecciones intermedias de Estados Unidos no termina en Washington. El resultado debilita también el principal punto de apoyo internacional de un bloque de gobiernos y movimientos de derecha latinoamericanos que durante los últimos dos años construyeron una relación política particularmente estrecha con el mandatario republicano.
Los presidentes Javier Milei, de Argentina; Nayib Bukele, de El Salvador; José Antonio Kast, de Chile; y Daniel Noboa, de Ecuador, forman parte de ese grupo. A ellos se suman otros gobiernos conservadores de la región y movimientos políticos como el bolsonarismo brasileño, que encontraron en la segunda presidencia de Trump un aliado político e ideológico.
El revés electoral no significa que Trump haya perdido el control de la política exterior estadounidense. Seguirá ocupando la Casa Blanca hasta enero de 2029 y conserva facultades importantes para manejar las relaciones internacionales.
Pero el escenario cambió.
Los demócratas consiguieron este martes el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado, en una elección que produjo derrotas republicanas incluso en territorios que Trump había ganado ampliamente apenas dos años antes.
Con un Congreso opositor, el mandatario enfrentará mayores dificultades para aprobar legislación, presupuesto y nombramientos, además de investigaciones sobre las decisiones de su gobierno.
Para sus aliados latinoamericanos, significa que durante los próximos dos años ya no tratarán con un Washington dominado completamente por Trump y su partido.
Milei, uno de los aliados más cercanos de Trump
Probablemente ningún presidente latinoamericano haya construido una identificación pública con Trump tan explícita como Javier Milei.
El argentino asistió a actos conservadores en Estados Unidos, se reunió repetidamente con Trump y convirtió su relación con Washington en uno de los principales ejes internacionales de su gobierno.
Trump correspondió públicamente ese respaldo. La relación excedió la afinidad ideológica. Argentina recibió respaldo financiero y político estadounidense en momentos particularmente delicados para la administración de Milei.
El argentino se integró además al bloque regional promovido por Washington para contener la influencia china, combatir la migración irregular y fortalecer la cooperación en seguridad.
El nuevo equilibrio estadounidense no elimina esa relación bilateral, pero sí reduce la capacidad de Trump para actuar sin contrapesos internos.
Un Senado demócrata tendrá además capacidad para intervenir en nombramientos y otras decisiones de política exterior, mientras la Cámara podrá incrementar la fiscalización sobre el Ejecutivo y controlar aspectos presupuestarios.
Bukele convirtió a El Salvador en socio de la política migratoria
La relación entre Trump y Nayib Bukele ha tenido un componente particularmente concreto.
El gobierno salvadoreño se convirtió en uno de los principales socios latinoamericanos de Washington para aplicar la política migratoria estadounidense.
El Salvador aceptó recibir personas deportadas desde Estados Unidos y alojar en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) a migrantes enviados por la administración Trump, incluidos venezolanos.
La cooperación convirtió a Bukele en una figura celebrada dentro del movimiento conservador estadounidense.
El presidente salvadoreño ha cultivado además relaciones con figuras del trumpismo y ha participado en encuentros conservadores en Estados Unidos.
La victoria demócrata puede traducirse ahora en un mayor escrutinio legislativo de los acuerdos migratorios, los recursos utilizados para ejecutarlos y las condiciones bajo las cuales Washington envía personas detenidas a terceros países.
Eso no implica la ruptura automática de los acuerdos con El Salvador, pues buena parte de la política migratoria permanece bajo control del Ejecutivo, pero introduce un contrapeso institucional que no existía cuando los republicanos controlaban simultáneamente la Casa Blanca y el Congreso.
Kast apostó por una alianza ideológica con Washington.
El presidente chileno José Antonio Kast se incorporó abiertamente al bloque de gobiernos latinoamericanos cercanos a Trump incluso antes de asumir el poder.
Días antes de tomar posesión en marzo de 2026, viajó a Florida para participar en la cumbre Escudo de las Américas organizada por Trump.
Ahí sostuvo su primer encuentro como presidente electo con el estadounidense y respaldó algunas de las decisiones más controvertidas de su política exterior.
Kast apoyó la intervención estadounidense en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro y manifestó coincidencias con Washington sobre Cuba, seguridad regional, migración y reducción de la influencia china en América Latina.
La Casa Blanca presentó aquella reunión como un encuentro con sus principales aliados ideológicos del hemisferio.
La derrota republicana modifica ahora el escenario sobre el cual Kast construyó esa aproximación.
Trump permanece en la Presidencia, pero deberá convivir con un Congreso dominado por sus adversarios durante la segunda mitad de su mandato.
Noboa y el bloque conservador regional
Daniel Noboa, en Ecuador, también estrechó la cooperación con Washington en seguridad y política regional.
Su gobierno participó junto con Milei, Bukele, Kast y otros mandatarios en la arquitectura de alianzas impulsada por Trump durante su segundo periodo.
A este grupo se incorporaron gobiernos conservadores surgidos durante el último ciclo electoral latinoamericano en Bolivia, Honduras, Colombia y Perú, aunque con distintos grados de cercanía hacia Washington.
Trump había presentado esas victorias como parte de una transformación política regional favorable a su proyecto.
El mapa parecía particularmente favorable para el estadounidense durante la primera mitad de 2026.
Pero en cuestión de semanas aparecieron dos límites importantes a esa expansión.
Lula frenó primero a Trump y al bolsonarismo
El primero llegó desde Brasil.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva consiguió su reelección en octubre frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
La elección brasileña había adquirido una dimensión internacional precisamente por la participación de Trump.
El estadounidense intervino políticamente en el conflicto alrededor de Jair Bolsonaro, respaldó al movimiento construido por el expresidente y utilizó incluso medidas comerciales contra Brasil mientras cuestionaba el proceso judicial contra su aliado.
El bolsonarismo convirtió su relación con Washington en parte de su estrategia.
Flávio Bolsonaro llegó a plantear públicamente la elección como una decisión entre tener al mandatario de la mayor potencia del hemisferio como aliado o como adversario.
Ganó Lula.
El resultado impidió que la mayor economía latinoamericana se incorporara al bloque de gobiernos cercanos a Trump y dejó a Brasil, junto con México, fuera del alineamiento político que Washington había conseguido construir con numerosos gobiernos de la región.
Ahora la derrota republicana en las elecciones intermedias añade un segundo revés.
Un aliado que seguirá en la Casa Blanca, pero con menos poder
El alcance del resultado estadounidense debe medirse con cautela.
Los electores no votaron sobre la política hacia América Latina y las derrotas republicanas estuvieron relacionadas principalmente con problemas internos: costo de vida, inflación, economía y rechazo a distintas decisiones de la administración.
Tampoco perdió Trump la Presidencia.
La Constitución estadounidense concede al Ejecutivo amplias atribuciones en política exterior y el mandatario conservará durante dos años la capacidad de negociar con otros gobiernos, imponer determinadas medidas y dirigir buena parte de la política diplomática y migratoria.
Pero la elección eliminó el dominio republicano sobre los tres principales centros del poder federal.
Los demócratas podrán utilizar el Congreso para frenar proyectos legislativos, condicionar recursos, convocar funcionarios a comparecer y abrir investigaciones sobre la administración.
Ese cambio repercute necesariamente en los cálculos de gobiernos extranjeros que apostaron por una relación privilegiada con Trump.
América Latina tendrá que mirar también al Congreso
Durante la primera mitad de su segundo mandato, Trump buscó reorganizar la relación con América Latina mediante un bloque de gobiernos ideológicamente próximos.
Milei, Bukele, Kast y Noboa estuvieron entre sus interlocutores más cercanos.
A ellos se agregaron mandatarios conservadores de Honduras, Bolivia, Paraguay y otros países, mientras movimientos como el bolsonarismo apostaron abiertamente por el respaldo estadounidense.
Ese bloque no desapareció la noche del martes. Pero perdió parte de la ventaja que suponía contar con un aliado que concentraba simultáneamente la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso.
Primero Lula derrotó al candidato bolsonarista en Brasil.
Una semana después, los propios electores estadounidenses retiraron a los republicanos el control del Congreso.
Los gobiernos latinoamericanos cercanos a Trump seguirán teniendo un aliado en la Casa Blanca. Desde enero, sin embargo, tendrán enfrente también a un Congreso controlado por sus adversarios.










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